martes, 24 de junio de 2008

Hubo un tiempo

De un tiempo acá algo se ha ido adelgazando en el tejido que soporta la capacidad de confianza, la disposición a conceder y la entrega gratuita de la esperanza.
Aunque el tema me remite principalmente a la experiencia de ciudadana abarca mucho más que eso.
Porque esta condición de desconfianza y sospecha permanente se ha ido formando a través de los últimos años -veinte quizá- a partir de la que se puede considerar como la relajación de las relaciones interinstitucionales.
Resulta complicado hablar de un estado de cosas en el pasado sin correr el riesgo de parecer anacrónica o peor aún, retrógrada.
Aceptando la tan llevada y traída afirmación de que ‘en política el fondo es forma’, las formas “nuevas” a partir del debilitamiento parcial primero, y generalizado después de las estructuras priístas de poder han dado lugar a un vacío en lugar de nuevos contenidos.
Instituciones creadas para sostener y fortalecer un esquema de gobierno particular fueron quedando desamparadas al irse diluyendo en las nuevas relaciones sus posibilidades de control y por lo mismo de funcionar.
Lo interesante es que en el análisis desde el cubículo del investigador o del aparador del privilegio mediático, la realidad pone en el escenario los elementos de interpretaciones evidentes, pero se olvida la mayoría de las veces, lo que significa realmente en el impacto directo al último de la cadena de estas relaciones que es el ciudadano.

Al igual que en las medidas de aparente control sobre los precios de ciertos productos bajo el argumento de que son los que “la gente” consume mayormente, encerrando en ese concepto la más amplia y sectaria muestra de la brecha clasista de México, el “ciudadano” viene a ser esa entidad abstracta en la que no se piensa cuando se habla del significado de los cambios, y la transición, y lo viejo y lo moderno y… lo que sea.
Al ciudadano, como usted y yo, o la gente, igual, como usted y yo, nos parecía natural y eficiente algunos de los trámites que efectuaba ante oficinas públicas; las personas que lo atendían a uno eran empleados con experiencia y destreza en el manejo de las áreas a las que estaban dedicados, el siguiente mando tenía también en control los pasos requeridos para hacer de tal o cual trámite un camino por el cual circulaba uno con moderada certeza.

Ahora el mismo recorrido ante la ventanilla lleva en sí una carga de incertidumbre de la que nada puede salvarnos, ante la improvisación de personal en cada administración en donde los allegados de los funcionarios, al igual que sus familiares, celebran con júbilo sexenal o trienal el premio gordo de haber llegado a un puesto y el reciclaje de empleados de una dependencia a otra, en áreas que no están relacionadas en absoluto; no queda más remedio que encomendarse a la mejor de nuestras creencias o simplemente al horóscopo para esperar que la suerte nos favorezca si no con la realización a buen término de nuestro trámite al menos con la mediana cortesía que nos permita terminar la jornada sin los sinsabores de la arrogancia y el desdén.
Lo peor que puede suceder después de una ruptura o una separación es que en algún momento de conflicto o problema llegue uno a añorar la parte buena de los malos tratos y esa sí es una derrota por partida doble.
Quienes pudieron (o pudimos) estar cansados y desgastados por todos los vicios que el régimen anterior albergó, a la distancia y ante la experiencia, podemos reconocer las formas -y por lo tanto el fondo- de algunas políticas que demostraron su eficiencia y las cuales bien podrían ser imitadas o conservadas.
Ante la explicación de las crisis de todo tipo, que sobrepuestas parecen ser como las capas de la cebolla en donde carencias y fallas parecieran no distinguirse unas de otras, se le agrega un desenfado y menosprecio por crear un nuevo modo de ser en las políticas públicas que brinden al último ciudadano en la cadena de los efectos de las decisiones, alguna seguridad y un poco de entendimiento acerca de la manera en que algunas cosas funcionan.
Mientras tanto, a riesgo de parecer anacrónicos quisiéramos hacer el utópico ejerció de tomar lo mejor de los mundos para armar una realidad en donde “la gente” -de nuevo, usted y yo- pudiésemos ser el objetivo de la eficiencia o la mejor de las intenciones de esta realidad en donde nos ha tocado vivir.

…No nací con vocación de héroe
No ambiciono
sino la paz de todos (que es la mía) sino la
libertad que me haga libre cuando no quede un
sólo esclavo…

(Pacheco, José Emilio. Fray Antonio De Guevara reflexiona mientras espera a Carlos V)

jueves, 19 de junio de 2008

por Javier Manríquez

LAS ESTACIONES DEL DÍA

Javier Manríquez

He tratado de recordar la fecha en que vi por primera vez a Hadassa Ceniceros, pero mi memoria se niega ya a pactar conmigo para darme pormenores de un tiempo enmarañado del que sólo surge, nítida, la imagen de una noche inolvidable y la figura de una mujer que sabía hablar y cantar bien, aparte de ser bella. Esa mujer a todas luces atractiva, que estaba de visita en la ciudad de México, era Hadassa Ceniceros. Aquella noche lluviosa de canciones y de vino esencial hicimos a un lado al cantante y al grupo de planta del lugar donde estábamos para cantar y tocar mejor que ellos y hasta las cumbres de la madrugada, y para que la voz de Hadassa fuera la llamarada que nos marcó al vuelo con las notas definitivas de La jardinera de Violeta Parra.

Octavio Paz ha dicho que “la poesía es siempre ceremonia”,1 y ahora que asistimos puntuales a este acto para cumplir con el ceremonial de acompañar a Hadassa Ceniceros en la presentación de Las estaciones del día, su primer libro de poemas, no quiero que sea una casualidad invocar la canción de la Violeta, pues en ella se entrelazan palabras que despliegan las vislumbres de una poética, de una teoría elemental de la creación poética: el poeta es jardinero y la poesía —como las flores— cura. La poesía sirve como el “cogollo de toronjil” que cultiva la jardinera como remedio para las penas, y las flores que ésta planta y cuida —“enfermeras” del alma: concreciones sensibles del poema— son para todos. Por eso la Violeta dice:

heredarás estas flores:
ven a curarte con ellas.

No es otra cosa lo que podemos expresar cuando presentamos un libro, cuando nos constituimos en la especie de puente que utiliza el autor para llegar al lector, cuando, como en este caso, leemos un puñado de poemas para ser portadores enseguida de una experiencia personal de claridad que debe trasmitirse —con rigor y generosidad a la vez— a los demás lectores, para que éstos se aproximen a la obra, tomen posesión de ella y la contemplen a partir de su lectura. Ver la obra ajena, particularmente si es de un contemporáneo —señala también Octavio Paz—, exige un acercamiento que es también un desprendimiento; al acercarnos al otro, nos alejamos de nosotros mismos: se trata no tanto de hacer nuestra la obra como de que ella, así sea por un instante, nos haga suyos.”2

Los poemas de Las estaciones del día comenzaron a captar mi atención y me fueron haciendo suyo desde el principio del libro, desde los discretos endecasílabos contenidos en el poema “Si dejarte leer”:

Si dejarte leer de mis palabras
...
fuera el modo secreto
de quererte...

Pero fueron definitivos los versos de “Hay una voz, me dicen” para darme cuenta de que Ceniceros sabe lo que hace, y logra saberlo de manera exacta porque el ser y la voz que se pasean en su escritura le pertenecen sólo a ella, como también pueden constatarlo los demás, los otros, los lectores, quienes le dan existencia plena para poder escribir:

Me aseguran que existe una voz
una palabra
que solamente a mí me pertenece.
Un tono para hablar
para decir.

Me dicen que mi juicio
y mi cariño
aún sin escribirlos
se distinguen.

Lleva mi tono un ritmo
y su medida.

En el texto que precede a los poemas del libro dije de algún modo que cada uno de ellos posee un ritmo propio que nos conduce a un fondo de vida que la autora conoce bien. Ceniceros consigue moldear imperceptiblemente esa materia suya: los contenidos sedimentados de la memoria, que pueden surgir, incluso, mientras sacude cuadros o lava los platos, espoleados por el cálculo con el que va ordenando las palabras precisas y que debe estar presente siempre para que no se vaya el hilo de la madeja del poema. Con esa escuela a cuestas, de la que no se desprenden nunca los buenos poetas, Hadassa Ceniceros sale a decir:3

Ensayo historias
con el suave sabor
que dejan los deseos alcanzados
puedo inventar también
la placidez de noches olorosas
a besos y caricias.

Ensayar historias y que éstas tengan el sabor de “los deseos alcanzados” requiere, desde luego, estar en posesión de un lenguaje que aliente y permita expresar la vivacidad de las imágenes poéticas. Dueña de ese lenguaje —un lenguaje sencillo, sin edad—, Hadassa Ceniceros accede entonces a la concreción de la materia que veremos fluir sin tropiezos a lo largo de Las estaciones del día: el tema del amor, que es el eje de la obra. Y la apuesta de Hadassa está en decir el amor, apacible y firme, contra viento y marea, contra la sustancia del tiempo y sus accidentes, para contemplarse a sí misma en lo que escribe mientras la oímos, muy quedo, repetir:

Tras el cristal azul de mi ventana
mis ojos entre líneas me sonríen
el tiempo aún es promesa
a la distancia
la vida estalla en olas en la playa.4

Copilco, Distrito Federal, 11 de junio de 2008

De memoria

Hay días, lo digo con frecuencia, que al caminar descalza al levantarme por la mañana siento en las plantas de los pies el frío de las baldosas y el precipitar de recuerdos desordenados.

A la distancia de mis ojos, mis pies se miran tan frescos como en la adolescencia o antes y no digo que así se conserven -aunque aquí entre nos se mantienen bastante bien- sino que entre la vista cansada de hace poco y la miopía de toda la vida no alcanzo a distinguir más que el final de mis extremidades sin edad ni tiempo.

Recuerdo entonces el tiempo apresurado del aseo temprano y el refrigerio ligero para salir corriendo a la escuela. Recuerdo también tratar de ganar turno en aquella casa de asistencia-internado para bañarse a la hora exacta donde acordaba con las otras chicas la manera que todas tuviésemos nuestro tiempo par el baño matutino en los tiempos del bachillerato.

En general recuerdo mientras enciendo la cafetera eléctrica, todas las veces que he preparado el café por la mañana a lo largo de mi vida y guardo con gusto en la memoria la jarra verde de peltre con unas flores rosas en las que se preparaba un rico café instantáneo con leche para acompañar el pan dulce y me parece que en el tintinear de la cuchara a los lados de la jarra se cuentan los años que han pasado desde entonces y encuentro que no alcanzo a calcularlos así de pronto.

Lo que sí sé es que viviendo en familia, en casa de asistencia o en un internado y ya más adelante en comunidad, entender nuestro tiempo encierra el secreto de la convivencia en armonía y en orden.

Pero volviendo al principio, hay días en que pareciera que una lija de realidades le ha quitado una capa a nuestra piel y nos deja los sentidos en la superficie, expuestos a que el menor roce con la vida que llevamos nos remita sin piedad a un laberinto de recuerdos de variada intensidad.

Cruza uno las calles de la ciudad y mira el rostro de un compañero de hace muchos años y descubre el rostro juvenil debajo de las líneas del tiempo y de los surcos que quedan después de una enfermedad o un dolor, abre uno el diario y mira las figuras redondas de excompañeros de alguna etapa pasada y remota celebrando aniversarios y logros profesionales, y mira uno hacia uno mismo y encuentra a veces su propia imagen reflejada en pausas de años y duda en pensar que el turno de la celebración, el premio o el turno sencillo de brillar le haya tocado a tiempo.

Hoy hago un ejercicio de abstracción y desde mi ventana miro el color del mar siempre neblinoso y siento la brisa pegajosa del casi verano y entonces recuerdo a la amiga que me enseñó a guardar el equilibrio en una bicicleta. Recuerdo que con un año mayor de edad “era grande” y me daba consejos sobre los novios, consejos que a ella no le sirvieron y a mí tampoco. Y pienso entonces con una sonrisa en un jovencito en quien pensaba y que con un nombre extraño como “Carmelo, Heleno o Rito” estaba lejos de ser el joven ideal. Recuerdo con pena cómo la vida lo quebró temprano y al pasar los años me encontré de nuevo con su nombre en la lápida empolvada del panteón.

El aroma del café inunda la casa, busco los zapatos pero antes paso mi mano por las plantas del pie para limpiar un poco el polvo de algunos recuerdos y conservar otros que para esta hora ya llegaron hasta mi corazón.

¡Buenos días!

Hoy podría quererte de memoria
recordar, por decirlo la tarde en el desierto
cuando llenos de sol, hambrientos, trastornados
agotamos la sed a mediodía sobre arena caliza

El sol caído a plomo arrojó sobre el día
un vaho espeso penetrado de sal,

El tiempo, aquellos tiempos
lo medimos por olas,

los días, los de entonces, se marcaron con luz

y mi piel en tu cuerpo resguardaba tus noches

En días calurosos, lo recuerdo
mis manos contenían limitadas
tus formas desbordadas de calor

Mi cuerpo conocía tu llegada
y antes, aún a distancia
al llamado confiado de tu nombre
me diluía en arroyos de pasión.

viernes, 13 de junio de 2008

La tercera Edad

En la hoguera de las vanidades la idea o la ilusión de conservar la juventud o su apariencia el mayor tiempo posible resulta ser la más inflamable.
Vivimos rodeados de estímulos que conducen la voluntad a buscar los productos que retrasen lo más posible el reloj biológico.
Programas televisivos se ocupan de dar los pormenores de las intervenciones que devuelven apariencias juveniles o moldean cuerpos para llenar expectativas de dudosa seducción. El tema surge de la manera más natural en las conversaciones cotidianas en referencia a tal o cual persona, hombre o mujer, que ya acudió al cirujano plástico para darse una ayudadita.
Con las excepciones comprensibles de quienes requieren cirugía por motivos de salud o funcionales, lo demás es sólo el mercado libre de la recuperación de una frescura que no se ubica precisamente en la piel, en el seno abultado con artificios o el abdomen plano temporalmente.¿Qué se busca? Si el paso del tiempo es un proceso ineludible y la evolución de la mentalidad también pasa por esa experiencia. ¿Quedarse detenido o detenida en una talla juvenil mientras los ojos acusan una edad de esas que llaman tercera?
¿Dónde se queda el crepitar de los huesos y la inseguridad que representa bajar escaleras o dudar de la distancia entre obstáculos ocasionales al deambular por la casa?
¿Dónde se operan las personas el sueño que hace cabecear en una reunión mientras otros se ocupan de la conversación? ¿En qué sitio se extirpa la intolerancia y desesperación que provocan los gritos y algarabía de infantes?
Las etapas de la vida van llevando nuestra mente a través de experiencias que se moldean con el paso de los años. El gusto por la quietud, la siesta, el silencio o el café con pan dulce de la tarde no tendrían que mirarse como signos sospechosos de envejecimiento sino como el privilegio que se gana con la edad para darse el gusto del descanso o el antojo.
La vida privada e íntima sigue teniendo sus satisfacciones y queda en ese ámbito personal las formas de vivir con plenitud sus particularidades.
Hay una riqueza que encierra cada persona mayor que se pierde si no hay quien recoja los relatos y anécdotas de épocas vividas en plenitud y donde nuestros mayores fueron testigos presenciales de eventos significativos para una comunidad que hace sesenta u ochenta años se estaba formando.
Digo ese tiempo porque a estas alturas ya no existen personas de más edad que puedan transmitirnos la historia oral que debiéramos atesorar aunque fuera en nuestra memoria para relatarla más adelante.
Así que mientras una generación de personas alrededor de los sesenta años quiere refrescarse la silueta y los rasgos faciales para quedar como en el tiempo de los Beatles jóvenes o las chicas ye ye -aunque más bien quisieran ser Raquel Welch o alguna otra chica Bond- otra, la de nuestros padres se pierde en el ocaso de la indiferencia o el olvido.
Sin extremismos, cuidar la imagen y la salud, preocuparnos por dejar de ser un país de los primeros lugares en el mundo en obesidad y al mismo tiempo resguardar la historia regional y la crónica de una ciudad con vida rica en datos pueden ser experiencias compatibles e igualmente reforzadoras de la identidad como ciudad.

Mientras tanto…

Hoy es el día en que me habrán de preguntar de alguna manera ¿en qué me inspiro para escribir poesía? y entre las posibles respuestas tendré que explicar que la tal inspiración es solamente el detonante que da paso al flujo de emociones y sentimientos convertidos en palabras, pero donde no hay nada resguardado no hay explosión que invente el resultado.
Les recuerdo que la cita es hoy a las 7.30 en la Galería del Centro Cultural Riviera de Pacífico: Presentación del Libro de poesía Las Estaciones del Día.

…Bajo tu sombra, el viento del invierno
es una lluvia triste, y los hombres, amor,
son cuerpos gemidores, olas
quebrándose a los pies de las mujeres
en un largo momento de abandono
-como nardos pudriéndose.

Es la hora del sueño, de los labios resecos,
de los cabellos lacios y el vivir sin remedio.

Pero si el viento norte una mañana,
una mañana larga, una selva,
me entregara el corazón desecho
del alba verdadera, ¿imaginas, ciudad,
el dolor de las manos y el grito brusco, inmenso,
de una tierra sin vida?...

(Huerta, Efraín. Declaración de Amor)

lunes, 2 de junio de 2008

¿De dónde vienen los poemas?

A escasos días de la presentación de poesía Las Estaciones del Día, he querido hacer un ejercicio de reflexión o más bien de introspección para llegar al punto en el que pueda decir por qué escribo poesía.
Los caminos de mi vida, que no son extraordinarios ni heroicos, me han llevado en ocasiones a los territorios tumultuosos del quehacer cotidiano que significa atender un empleo, una familia numerosa, actividades políticas eventualmente y la voluntad de desarrollar una carrera en el campo de las letras.
Los tiempos entre una y otra actividad son breves y cuando se acompañan de una benévola soledad silenciosa hacen posible que el pensamiento se libere y fluya en ideas que van conformando algún poema. Son como apuntes para desarrollar más tarde algún tema más extenso. De ahí nacen los poemas, de la vida de cada día, de la emoción causada por una alegría o una pena. Del diálogo con un interlocutor imaginario, distante a veces, o del ordenamiento del pensamiento propio a las posibles versiones de lo que sería una conversación ideal con el amado, el ausente, el ideal o el ingrato.
A veces los temas se refieren a cosas, a eventos de la naturaleza, pero siempre ligados a ese sentimiento central que es la experiencia amorosa.
A esas ideas anotadas como premisas les sigue otro tiempo de dedicación a la búsqueda del complemento de cada idea original. Se insiste, se mide y agregan los conceptos en palabras que den cuerpo y forma al pensamiento central. Como en un rompecabezas de variado número de piezas, busca uno la voz que corresponda por todos sus lados a las piezas inmediatas para ir conformando el cuadro completo.
Hay ocasiones en que en una especie de flujo inacabable las palabras vienen enlazadas a otras y otras y en algo parecido al trabajo del dactilógrafo, solamente anoto la lluvia de ellas. De cualquier forma, en otro momento, la lectura calmada y cuidadosa hace que busque otros términos ahí donde hay repetición, cacofonía o imprecisión.
Tal vez sean, en mi caso, tres los tiempos de cada poema antes de dejarlos descansar un rato: la idea, la incorporación del resto del poema, la lectura y revisión.
Todo lo anterior es un proceso personal, solitario e íntimo.
Las Estaciones del Día, es la primera publicación en libro que presento, no es lo primero que he escrito, no es lo más reciente tampoco, es el resultado del verano de 2005 y no obedece tampoco a una experiencia particular, es la expresión de un momento que puede ajustarse a la medida de cada lector y en donde no se encontrarán de modo alguno con una biografía personal ni relato confesional.
Es el ejercicio de las emociones traducidas en palabras en un período grato, de buen clima, conversación alegre y la esperanza siempre presente de que la vida puede ser traducida de tantas formas como intérpretes haya.
La experiencia de esta publicación ha tomado tiempo y ha tenido también momentos de turbulencia y desencanto pero ha prevalecido la idea de compartir a través de un texto la calidez de la vida en el camino que elegimos transitar.
Los temas son los más frecuentes: el amor, la memoria, los recuerdos, la muerte, el olvido y la vida.
No escribo enigmas ni misterios.
Sólo escribo

Al maestro con cariño:

Encuentro el miércoles en la nota dedicada a la vida y trayectoria profesional del Profesor Francisco González Lujano una fotografía de su grupo de Quinto Año en la Escuela Artículo 123 de El Sauzal, a la izquierda del profesor en el cuarto lugar veo mi cara sonriente de los doce años. El profesor Pancho fue mi maestro en quinto y sexto año pero además estuve presente, por azares del destino, en el grupo donde presentó su examen profesional en 1958, fue ante el grupo de cuarto año de la Escuela Primaria Álvaro Obregón de Tijuana Baja California. Su examen consistió en una exposición de una clase de Botánica con el tema Las partes de la Hoja.
El profesor González Lujano me distinguió como alumna durante los dos años finales de mi educación primaria con un trato personalizado e impulsó inquietudes que contribuyeron a mi desarrollo personal. Cuidadoso, preparado y entusiasta, aportó a mi vida (y a la de muchos otros) en formación con valores en todos los campos que hasta la fecha conservo, los conceptos estéticos fueron una preocupación constante y la participación en la comunidad una de sus motivaciones. Una parte importante de la persona en quien me convertí en la vida adulta tuvo como base indudable la influencia de mi maestro de primaria a quien recuerdo hoy mismo con su voz llena de claridad y autoridad, el sentido del humor y la sensibilidad para impulsar las cualidades personales y únicas en sus alumnos. ¡Felicidades profesor!

…Aquí un momento solo
sin edades
desvestidos de espera
desnudos de palabras
nos miramos
viajo por tus contornos
bebo sonrisas
y en un instante breve
tras un leve suspiro
sucumbimos.

(Ceniceros, Hadassa. Aquí y ahora)

martes, 20 de mayo de 2008

las estaciones del día

libro de poemas de Hadassa Ceniceros
ilustrado por José Carrillo Cedillo

presentación a cargo del poeta Javier Manríquez

viernes 13 de junio

7:30 PM
Galería de la Ciudad
Centro Cívico Cultural
Riviera del Pacífico
Ensenada, B.C.

viernes, 9 de mayo de 2008

EFEMÉRIDES

Era justo la medianoche, en la zona residencial en donde nos hospedábamos por una semana se escuchaban los acordes de “Las mañanitas”. El bullicio que acompaña tradicionalmente a los cantantes de serenatas llenaba las calles vecinas y se mezclaba con el encender y acelerar de los autos. La familia donde nos hospedábamos era la de una maestra de Inglés Secundaria y directora del Instituto Comercial Inglés, amiga y mentora mía, así que le llegaron cantantes muy entonados desde las primeras horas del Día de las Madres.
Según mis inexpertos pero intuitivos cálculos era la fecha, el médico había dicho entre el 9 y el 11 y pensé: el 10.
A eso de las seis de la mañana algo en mí produjo un dolor intenso y desconocido hasta entonces, mi cuerpo se partía a partir de la cintura en direcciones opuestas. Era hora, avisé a mi esposo, él a su vez habló al señor García, el señor de la casa y nos dispusimos a ir hacia el hospital.
Mi padre que era mi instructor ya me había advertido: nada malo va a pasar, las mujeres en la historia de todo el mundo pasan por eso y siguen adelante, es solamente un momento hay que aguantar, y así lo hice.
El trabajo fue largo, doloroso y lleno de novedades para las que nadie me había dado ni siquiera una pista. Así que con veinte años, dolor y sorpresa me convertí en madre por primera vez de un niño de cuatro kilos y quinientos gramos aquel diez de mayo de 1968.
El mundo cargaba con noticias de enorme importancia: se había realizado el segundo transplante del corazón, Viet Nam ardía bajo los bombardeos norteamericanos, Luther King era asesinado, en mayo se daba algo así como la revolución estudiantil en Francia, Robert Kennedy fue ultimado en Los Ángeles en plena campaña electoral estadounidense, en Checoslovaquia se desarrollaba el movimiento de la Primavera de Praga, Stanley Kubrick dirige la Odisea del Espacio, moría Steinbeck premio nobel norteamericano, Richard Nixon ganó las elecciones, ocurre una represión de grandes dimensiones en la Plaza de Tlatelolco en México, iniciaron los Juegos Olímpicos en la ciudad de México.
Era el año que la ONU había nombrado como El año Internacional de Los Derechos Humanos y yo era mamá.
Salvo algunos hechos de gran difusión mucho de lo que ahora menciono no fue de mi conocimiento.
La noticia era que aquel niño enorme me lo tenía que llevar a la casa conmigo, que vivía entre personas sin experiencia para orientarme en nada y que con mi eterna apariencia de que “yo sé cómo hacerlo” me enfrente al gran reto de bañarlo, alimentarlo y asustarme cuando dormía más de lo que consideraba debía hacer. Perdí diez kilos, peso que mantuve por casi la mitad de mi vida, no era problema, eran los sesentas, ser flaca era moda.
Aprendí lo que es tener el corazón sincronizado al de otro ser humano pero no sabía que esa condición le dura a uno toda la vida y que con cada hijo, si tiene uno más de uno, esa sincronía mueve las acciones de tu vida, hagas lo que hagas.
El mundo cambiaba, los puños se alzaban en protestas públicas, muchos morían por sus ideales o víctimas del mal momento. Las esperanzas en personas parecía rendirse pero la fortaleza en los principios se sostenían, y mientras, yo vivía la conmoción del llanto, la mirada y algo que era una sonrisa en aquella carita nueva en mi vida con un gesto, que aún ahora que cumple cuarenta años, conserva.
Feliz cumpleaños Ariel Delgado Ceniceros, hijo.


…Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.
.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.
.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea…
(Hernández, Miguel. Las Nanas de la Cebolla)

martes, 29 de abril de 2008

Refugios del Alma de Meillón Savín

Pueden pasar años en la práctica política, en la administración pública o sencillamente en algún activismo cultural o partidista pero de eso a reconocer ante un grupo de amigos críticos e interesados que se es poeta, hay una distancia enorme.
Rodolfo Meillón ha convocado a los testigos de su historia personal y a los otros quienes conocemos algunas expresiones públicas relacionadas con la difusión cultural pero que desconocemos las profundidades de su pensamiento poético.
Despojarse poco a poco de todas las capas con las cuáles circula uno por el mundo y dejarlas en un acto de humildad, no de exhibicionismo, para dejar que a través de sus letras conozcamos sus pasajes secretos, sus Refugios del Alma, requiere valor y madurez.
En dominio de su texto. Con manejo puntual de los tiempos originarios antes de la lectura de ellos, el autor no lleva en un recorrido por los caminos que le llevaron a la concreción de un determinado tema o a la elección de un particular tono de voz.
Libro sencillo, artesanal dice él, presenta un esquema definido por tres apartados a los que el autor describe como: los poemas amorosos, los sociales y los existenciales.
Me pregunto si en realidad tocar con la palabra, el sentimiento y la métrica no hace a todos los poemas productos de amor.
Dice Meillón hablando de amor:

Toda tu Cara

Cuando el sol mira tu cara
los rayos languidecen
y su rubor provoca
gigantescas manchas
que postreros sabios
descubrirán con estupor
el polvo estelar
pinta tu rostro
marcando infinitos
mundos paralelos

Nacen estrellas con tus poros
y de tu tenue sudor
se llenan los más recónditos océanos

Cuando la luz de luna
descubre tu cara
se preñan todos los montes
y todos los lagos se llenan de tu amor
solo yo permanezco
inmóvil solazado.

Los tiempos aquellos de denuncia política, de la batalla palmo a palmo por espacios para la discusión de las ideas, de propuestas ocultó quizá por necesidad, el aspecto más sensible del discurso del entonces militante de alguna de las expresiones de la izquierda.
Tal vez, y aquí meramente lo afirmo como especulación, las cualidades que en el discurso de asamblea no se daba y se prolongaban en reiteraciones y precisiones de temas en loso que por otra parte había acuerdo, retrasaron no más un poco el florecimiento de la concreción de la idea a través del poema, llámese como se llame.
El mal de la juventud que finalmente tiene remedio da paso a una madurez que puede dar frutos ricos en calidad y reflexiones que siendo individuales retratan a una generación y a una manera de vivir las pasiones de hace media vida:

1984-2004

Buscando encontrar el punto exacto
donde incidan los encuentros
nos movemos en espacios
que se cierran en círculos.

Mi presencia está aquí
mi silencio es palabra

La distante ausencia
es momento presente

Tu silencio es voz…

En un Orden del Día, planteado solamente por el autor, se agotaron por la noche los puntos a tratar y acto seguido continuamos preguntándonos ¿cuál habría sido el impacto si en lugar de algunas de las históricas discusiones Rodolfo nos hubiese asestado hace treinta años con un poema? Refugios del Alma, libro de poesía presentado este pasado 25 de abril en la Galería de la Ciudad.

sábado, 26 de abril de 2008

Dolor Crónico

Alguna vez escribí en un poema en referencia a un enfermo terminal: “voy a contar mis huesos” y es que siendo una flaca crónica (término recién acuñado y que mi maestra de Literatura llamaría con una ironía académica: “neologismo de aportación reciente de Hadassa”) guardo particular consideración y sensibilidad para quienes aún siendo delgados, una vez enfermos acusan serias pérdidas de peso, se me ocurre que esa noción de uno mismo denunciada por cada articulación expuesta sin discreción bajo la ropa y esas otras esquinas evidentes en las caderas o de las clavículas lleva el pensamiento de manera inevitable a varios niveles de reflexión: bien puede ser la inminencia de un diagnóstico que indique que algo más serio tiene lugar en el organismo o que sin ser nada más grave, la impresión que causa un estado con éstas características da lugar a preocupaciones.

Entonces imagino al país éste a eso de las once de la noche después de haber tomado sus medicamentos nocturnos: algo para dormir, dos diminutas tabletas para la presión arterial, un cuarto de otra minúscula pastilla azul, otra como semilla de melón pero roja, y entre los últimos sorbos de una infusión de canela con manzana, que espero no sea para adelgazar, porque últimamente todo lo que quieren ofrecer como milagroso tiene el agregado de que además te ayuda a perder peso, lo imagino pues descansando sobre alguno de sus dos costados y debido a su figura natural toma esa posición fetal que hace cuarenta años entendí en un libro de pediatría de una cuñada que estudiaba medicina, y luego mi curiosidad me llevó a tratar de entender otro tipo de implicaciones que el concepto tiene.. Veo pues la silueta delgada, adolorida por un síndrome raro que algunos consideran moda –aunque moda vieja: la fibromialgia.

Entonces siento como el país medio acurrucado cubierto con una manta gruesa extiende sus manos que veo como las dos penínsulas y empieza un inventario por esos sitios imposibles de ocultar hasta de sí mismo.

Mientras se siente con preocupación genuina el punto donde juventud, drogadicción, educación con programas basados en la indiferencia académica y en intereses personales hacen unan protuberancia, se piensa en la fragilidad de esta articulación que parecería a punto de lastimarse aún más.

En otro punto, en lo que serian los fémures fuertes de un cuerpo sano se advierten puntos dolorosos sobre todo ahí donde se han tomado repuestos de tejido para sostener la debilidad de otros pero sin haber hecho nada por restituir la fortaleza del principal proveedor de alivio a la parte más necesitada.

Si se da vuelta buscando algún punto de comodidad, la historia se repite aunque con otros elementos, están los sitios en donde se aprecian los brazos pinchados por las múltiples extracciones se hacen a la fuerza vital del delgado mapa nacional: todo sale de los mismo brazos, con venas adelgazadas o escondidas a fuerza de ser violentadas en busca de respuestas sencillas para las enfermedades de zonas que debieron haberse visto en contextos más amplios y con recursos científicos y sobre todo éticos de mejores niveles y está el vientre plano y no por estar “en forma” sino porque se encuentra vacío de alimento.

Total que acurrucado igual, sin posibilidad de extenderse, llega a tocarse los pies lacerados por las jornadas enormes para buscar respuestas o salidas aunque sea a través de algún cerco del tamaño suficiente para escabullirse hacia sueños ajenos para resolver necesidades propias en países vecinos.

En la sala de al lado, los especialistas brindan por el Porvenir, y lo bañan de Dom Perignon o Moet Chandon, y pellizcan con delicadeza exquisita un pan de centeno tostado con beluga roja y unas gambas sumergidas al gusto en salsa de coliflor, mientras comentan lo urgente de hacer que desaparezca ese feo edificio que algún recién llegado piensa utilizar para perturbar la exclusividad del equipo de alto perfil encargado de mantener vivo al paciente lo suficiente para que los otros, quienes lleguen hagan lo propio y continúen con la vida casi artificial del delgado paciente que por fin ya durmió aunque a juzgar por el movimiento de sus párpados debe tener pesadillas.

A la mañana siguiente despertará con dolor de pies y tobillos pero sonreirá porque sentirá por un segundo que el día nuevo ofrece nuevas oportunidades, y tal vez aumente un kilo ahí donde lo necesita o mejor aún nadie se acerque a succionarle la sangre de todos colores tan deseada y tan altamente cotizada aunque de los beneficios de esto el país quede sin saber nada.

Tú tienes lo que busco, lo que deseo, lo que amo,

tú lo tienes.

El puño de mi corazón está golpeando, llamando.

Te agradezco a los cuentos,

doy gracias a tu madre y a tu padre,

y a la muerte que no te ha visto.

Te agradezco al aire.

Eres esbelta como el trigo,

frágil como la línea de tu cuerpo.

Nunca he amado a una mujer delgada

pero tú has enamorado mis manos,

ataste mi deseo,

cogiste mis ojos como dos peces.

Por eso estoy a tu puerta, esperando.

(Sabines, Jaime. Tú tienes lo que busco)

miércoles, 23 de abril de 2008

Descanso en Paz

Hubo tiempos en que por razones de las fechas me gusta pensar como “un principio”, pero que realmente puede ser cualquier día pasado en otro siglo cuando nos cuentan o leemos que los escritores, artistas, filósofos, intelectuales en general se reunían en grupos para sostener discusiones de amplia variedad: los valores artísticos de la época, las tendencias internacionales y sus correspondientes influencias en las expresiones nacionales. Dicen en algo así como cuento de hadas que el tono de esos encuentros lograba rescatar ideas valiosas, replantearse algunas opiniones y fortalecer otras.
Como en todo grupo la gama de ideas era de gran amplitud pero no era obstáculo para la convivencia y hasta la colaboración en publicaciones o en expresiones públicas sosteniendo sus postulados.
Indudable también es que había personajes con claro y manifiesto compromiso político en tiempos en donde las acciones internacionales hacían casi obligatorio pronunciarse en relación a conflictos bélicos, principalmente.
A la distancia y aun sin transcurrir el tiempo histórico suficiente, es posible conocer los conceptos estéticos de pintores, por ejemplo, de finales del siglo XXVIII, entender las tendencias que se manifestaban en las expresiones de las cuales hay testimonios gráficos y adentrarse, gracias a documentos de otras formas de preservar o expresar lo que acontecía en el país en ese aspecto.
Los escritores, filósofos y académicos reunidos en centros de enseñanza, con una primaria vocación universal en el pensamiento, dejaron constancia de la riqueza de las ideas, de la madurez en las discusiones y de la generosidad y abundancia de recursos para multiplicarse si las diferencias hacían necesario bifurcar los caminos.
En una nota de archivo en menos de diez minutos, Octavio Paz hablaba de los exponentes de la pintura a la que hago mención líneas atrás, menciona las iglesias como centros donde quedaron obras representativas de una época en que los grandes nombres no parecieron abundar y más adelante explica la manera como quiénes logran destacar lo hacen a partir de rupturas con los cánones de la época. Paz habla de este tema como podía hablar de cualquier otro, con conocimiento, fluidez y dominio de los temas.


En un aniversario más del fallecimiento del escritor es imposible mencionar la manera en que se argumentó muy recientemente “de acuerdo a los reglamentos de la Cámara de Diputados” la negativa para inscribir su nombre en el lugar distinguido en el recinto del Congreso.
Se dijo entre otras cosas, que “no contribuyó a la formación de la patria y que al no ser considerado héroe no procedía su inclusión en el muro especial”.
Me pregunto desde entonces ¿qué es formar patria? y en estos días ¿quiénes son los héroes?
Nada quiero agregar, el personaje está por encima de mis letras, lo saben quienes lo conocen en alguna línea.
Vaya lo siguiente solamente como un homenaje provinciano, discreto e insuficiente para quien está en letras de oro de manera firme en mi pensamiento y mi inteligencia más allá de cualquier etiqueta circunstancial que pueda colocarle el orador oficial en turno:
“Allá, donde terminan las fronteras, los caminos se borran. Donde empieza el silencio. Avanzo lentamente y pueblo la noche de estrellas, de palabras, de la respiración de un agua remota que me espera donde comienza el alba.
Invento la víspera, la noche, el día siguiente que se levanta en su lecho de piedra y recorre con ojos límpidos un mundo penosamente soñado. Sostengo al árbol, a la nube, a la roca, al mar, presentimiento de dicha, invenciones que desfallecen y vacilan frente a la luz que disgrega…
(…) Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos.
Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día".


(Libertad Bajo Palabra. Octavio Paz)


viernes, 18 de abril de 2008

Hay días así

Hay días en que la sensibilidad la trae uno a flor de piel.

Un recorrido rápido por los detalles que se encuentran al alcance de la vista en el camino diario al trabajo o a la rutina matutina de cada día, enfrenta uno a un sinnúmero de acciones que se sostienen, tal vez por hábito, formando parte ya de una convicción primaria de un “deber ser” elemental.

Son apenas unos minutos antes de las ocho de la mañana, algunos días llevo a mi nieto a su escuela ubicada a un kilómetro de distancia de la casa, aproximadamente, y salgo a la calle.


Una mujer barre la banqueta y el frente de su casa con una dedicación digna de la mejor causa, limpia hurgando con la escoba cada pedazo de pavimento con algún rastro de polvo. La mujer no levanta la vista de la tarea en la que se empeña cada mañana. Imagino muchas cosas: vive sola y esa acción la pone en una comunicación ocupacional con otras personas que hacen lo mismo a esa hora, aprendió a llevar a cabo ese trabajo como parte de sus rutinas diarias y ahora a sus sesenta y tantos años es ya parte de una manera de ser. El detalle aquí es que la señora está enferma, seriamente enferma y el hecho al que dedica más cuidado es a cumplir con su costumbre de barrer el frente de su casa tan pronto se recupera de los periódicos tratamientos a los que se somete. Digo que imagino, porque la mujer ni siquiera saluda a mi paso y lo de la enfermedad lo conozco porque la he visto llegar a su tratamiento a la institución de salud a la cual está afiliada. Lo que sea, algo la mueve a llevar a cabo una acción que la conecta con la realidad que a ella le importa: su entorno, su casa.

Salgo otro día a un encargo muy temprano al centro de la ciudad, bajo en auto por la calle Seis y veo caminando a un joven que carga a un pequeño en brazos, lleva la bolsa del niño al hombro, se dirige a la guardería del IMSS, va caminando y mirando al niño, al llegar a la puerta, toca la cara del menor y le sonríe, enseguida entra a dejarlo. Veo esto porque temprano se hace una especie de nudo entre quienes llegan corriendo a dejar a sus hijos, y mientras el tráfico se regulariza hay tiempo para apreciar estos detalles.

Por la calle, de manera puntual sale a tomar el autobús una joven linda con un serio problema ortopédico auxiliada de una prótesis, camina a un ritmo desigual y diferente pero se acompaña de un porte y de una dignidad que impone respeto.


El vecindario envejece, quienes quedan llevan el cabello blanco y aunque conservan sus motes tendríamos que agregarle algún calificativo que le quitara el tono casi burlón de quien antes pudo haber sido “El Gallo”, “El Gavilán" o “El Pollo,” son ahora un recuerdo un tanto desteñido del personaje que dio origen al sobrenombre.

Si es una persona poco vista se levantan las cejas al saludar en una tienda local por darse cuenta que uno sigue con vida y es “una misma”, no su hermana -la de uno, claro.

Me topo en la carnicería con Doña Lupe del Pueblo, quien desde hace más de veintitantos años me pregunta cuándo murió mi madre, lo que no ha ocurrido; y qué hace Don Pancho, mi padre, a quien hace tiempo no ve y quien sí falleció hace ya bastantes años, siempre pregunta lo mismo e invariablemente, por supuesto, recibe la misma respuesta.

No falta la nueva y bien intencionada vecina de la cuadra quien pregunta cómo nos sentimos aquí en el barrio y tengo que aclararle, una vez más, que cuando esta zona todavía no podía llamarse calle (porque era casi parte del cerro) ya vivíamos aquí y que “la nueva” es ella porque apenas tiene diez años aquí.

Lo dicho, el poblado envejece y lo que queda de otro tiempo pierde poco a poco la memoria y se sustituye ¿con…? No sé.


Entonces en estos amaneceres en donde creo a veces que amanecí un día antes porque así media dormida y a media luz, la edad puede ser cualquiera, acomodo mis ojos a la realidad y el azar me lleva a admirar emocionada a la parte del país que no tiene opinión publicada en ningún diario pero que contribuye con su trabajo y el esfuerzo que le acompaña para sobrevivir con dignidad y decoro, y sigo mirando a ese segmento de un pueblo que con los engomados viejos y casi invisibles -pegados a las defensas de sus carros- de campañas políticas pasadas en donde las siglas, lemas y nombres se sobreponen en un despliegue muy gráfico de la esperanza renovada de vez en cuando, a quienes todas las iniciales de partidos políticos, organizaciones, comisiones, transnacionales, y todos los juegos que los ingeniosos de la noticia inventan para llenar espacios en la cuota de la columna diaria, no le dicen nada porque la vida la tienen ocupada en el nombre de la ruta del microbús o el número del nip de la tarjeta de banco en donde depositan su pago semanal o el del viejo asegurado de la familia -o la viuda- cuyo ingreso forma parte del sustento con el cual se sobrevive de plazo a plazo, el curp de los hijos, el número de tarjeta para checar en el trabajo, los teléfonos de cinco o más personas, por decir algunos.

Entonces me doy cuenta que hoy es hoy, que no vivo en una realidad atrasada y que más vale que recuerde por este día lo que merece ser recordado para sostenerme erguida en valores, algún objetivo claro y el nombre de algunos de los tantos medicamentos que debo tomar para controlar la presión arterial o algún otro achaque muscular, y para que, como dice la oración de alcohólico, “aprenda a distinguir la diferencia”.

Hoy puede ser un gran día,
imposible de recuperar,
un ejemplar único,
no lo dejes escapar.
Que todo cuanto te rodea
lo han puesto para ti.
No lo mires desde la ventana,
y siéntate al festín.
Pelea por lo que quieres
y no desesperes si algo no anda bien...
Hoy puede ser un gran día
y mañana también...

(Serrat, Joan Manuel. Hoy puede ser un gran día).

sábado, 12 de abril de 2008

Un fantasma recorre mi cuerpo

Un fantasma recorre mi espíritu, pero para instalarse ahí se desliza por mi cuerpo, provoca dolor muscular en mis pantorrillas y se resiente en la zona lumbar a la hora e incorporarme después de horas frente al escritorio.
Es el fantasma de la desolación, es un mal ya crónico que me ha llegado desde años atrás.
Un día a la enésima experiencia de ver convertida en polvo la amplia gama de esperanzas que como habitantes de este tiempo todavía guardamos, frente a los desacuerdos absurdos hasta en las discusiones más nimias entre personajes que esgrimieron ante auditorios de alumnos, simpatizantes y seguidores, me fui sintiendo cansada e impotente.
Volviendo la vista hacia los representantes de la inteligencia, donde quiera que se ubiquen, tropiezo de inmediato con ese mismo monstruo pegajoso e invasivo que es la soledad en la reflexión y en el análisis de una realidad.
Leo, para ganancia de muchos, que quienes han aportado ideas y comentarios de enorme valor se miran ahora en la “necesidad” de hurgar en sus haberes para desempolvar sus trabajos o proyectos sobre temas distintos a la política, de esta manera tenemos a quienes nos hablan de cine, música, teatro o poesía.
La división maniquea que podría hacerse de manera muy simplista entre quienes todo aplauden y entre quienes todo critican, cuestionan o reprueban se mira alterada por arranques de conciencia o de honestidad intelectual y buscan con esfuerzo encomioso los puntos rescatables de este país al que parece que en algunas de sus partes escribió algún guionista pagado por cuartilla.
Temáticos como hemos demostrado ser, apenas distrae un poco el adiós a Hugo Sánchez, de quien he de confesar, no tengo opinión, para topar con las maravillas de un proyecto que nos convertiría en dueños reales a través de baratos bonos de la riqueza petrolera.
Mientras la guerra innegable que se vive entre grupos del narcotráfico parece no tener ni un día de tregua y las cifras de la pobreza simple, sin eufemismo, despojada de los términos que hacen que las cosas parezcan algo distinto cuando dicen “pobreza patrimonial” a quienes no son propietarios de una vivienda, o “pobreza alimentaria” a quienes no tienen para comer, como si unos y otros fueran parte de grupos distintos, le duele a uno alguna parte del corazón y no el metafórico, sino alguna línea real entre el pecho, la espalda y un brazo solamente de pensar que faltan esquinas para todas las personas que con un bote en la mano y un gafete que nunca alcanzamos a leer, esperan que de un monedero sin fin alcance a regalar monedas a cada alto, para después en el estacionamiento de cualquier centro comercial un hombre que corre al escuchar el ruido que hace el seguro del auto exhale con dificultad un poco de aire por un silbato lleno de saliva y a cambio de eso paguemos su ayuda.
Seguimos rumbo al asunto siguiente en el diario recorrer por las calles de la ciudad para sentir que a veces es necesario detenerse porque la rabia de quien dice las noticias nacionales salpica a través del radio y contamina hasta la libertad de opinar respecto a cualquier evento que tenga lugar en el mundo.
Con ligereza casi criminal se le aplican calificativos como “fascista” a expresiones desesperadas a veces, organizadas otras, pero válidas todas, de inconformidad frente a decisiones que golpean en la integridad de la vida de cada mexicano.
El fantasma de la intolerancia, de la descalificación, mina el espíritu a ratos.
Frente a este mal no parece haber manifiesto que nos rescate u organice porque la voracidad de las burocracias partidistas han hecho de la participación ciudadana una bandera solamente útil para acarrear en modos más sofisticados a los votantes potenciales a las urnas cuando la fecha sea conveniente.
Me duele entonces el México del “boteo”, de la rifa, de la casa de empeño, de las cundinas. De las mujeres que trabajando, siendo profesionistas, estrenan para el desayuno del fin de semana los atuendos y accesorios que pagarán dentro de un año o más.
Administro como puedo la decepción de la apariencia sin más destinatario que quedar bien en el momento y busco una pastilla de “mejores tiempos” para seguir adelante con el día.

Uno se cree
que las mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
de ida y vuelta.

Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.

Como un ladrón
te acechan detrás
de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas

que el viento arrastra allá o aquí,
que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve.

(Serrat, Joan Manuel. Aquellas pequeñas cosas)

miércoles, 9 de abril de 2008

A quien corresponda

Hoy me quedé sin letras, decir eso viniendo de una mujer a quien casi han acusado de que le sobran las palabras, es en sí mismo muy grave. Fui educada en el discurso y la defensa argumentada, hasta el agotamiento, de la razón y como persona de raciocinio el manejo de las ideas llevan por finalidad penetrar en la mente del interlocutor para confrontar, cotejar, convencer o rendirse ante el peso de la validez de los argumentos.

Las magníficas expresiones de “porque lo digo yo”, o “no quiero discutir sobre esto” acompañado de una palmadita en el brazo pueden convertirse en el detonador que parta el Mar Rojo en dos.

Lo absurdo o contradictorio es que el despliegue que en algún momento se pueda hacer de la exposición de las ideas propias a la hora de un desacuerdo se enfrenta a un muro ya sea de enojo o de falta de recursos para contribuir a la fluidez de una discusión.

Encontrar pares a la hora de la diferencia de opinión, o cabezas frías al momento del disgusto o la controversia, es tan extraño que de darse el caso más valdría renunciar a todo y abrazar amistosamente al adversario ocasional.

Me quedo sin letras porque el sentido común no alcanza para tocar con suavidad certera y milagrosa al corazón herido de un hijo, justo ahí donde lo está necesitando. No tengo palabras para defender el derecho a la convivencia a la risa y a la canción en mundos y espacios donde en el octavo año del segundo milenio de esta era haya quienes consideren que esas son conductas inapropiadas para las señoras serias. Quedo muda cuando al menor chiste de mal gusto o la alusión de doble sentido sin la menor sonrisa, me retiro.

Dirijo una mirada casi transparente a quien me detiene en la calle para pedirme alguna explicación sobre el comportamiento político de tal o cual personaje o cuando alguna persona con quien no guardo relación personal espera que le ponga al tanto de noticias que bien puede leer en cualquier diario local.

Me dejan en silencio los conocidos que esperan que les regale mis poemas solamente porque les parece que suenan bien para leerlos en intermedios de medianoche por la radio, sin brindar el mínimo reconocimiento intelectual.

Y de plano me quedo sin habla con quienes de manera reiterada consideran que escribo porque “estoy inspirada”.

Me preocupan quienes piensan que la depresión es un estado de ánimo, los padres que habiendo tenido educación no son capaces de hacer que los niños coman verduras o hagan un poco de ejercicio físico. Me duelen los niños y jóvenes que no han leído ni siquiera un libro de treinta páginas, las mujeres que buscan la sección de sociales en los periódicos y nunca salen en ellos, o quienes buscan la nota roja para encontrarse con los nombres y las fotos de sus amigos.

Y así, muda, mientras me calzo unos jeans estrechos y de talla preocupante para mis hijas y ridículas para las tiendas donde busco algo de mi estilo –entiéndase una señora madura- y de mi medida, me dispongo a visitar al médico porque últimamente me han quedado tantos cabos sueltos y tantas etiquetas revueltas que requiero de la ayuda del especialista para que me diga en qué casillero acomodo mi autodeterminación y mi individualidad y dónde coloco la nostalgia de mis padres que de tanto sentirla la confundo con la mía.

Me pongo un suéter “color mamá” (léase turquesa claro, definición familiar) y mientras enciendo el auto y ordeno las ideas que voy a plantear al médico no atino a tararear “Cuando saldo a los campos me acuerdo”, porque yo ni en el campo he vivido y no me acuerdo de nada, cambio a Hancock a quien pienso que nunca escucharé, pero finalmente me reconforto con Bob Dylan porque puedo cantar a todo pulmón en el trayecto de mi casa al consultorio:

You say you're lookin' for someone
Never weak but always strong,
To protect you an' defend you
Whether you are right or wrong,

Someone to open each and every door,
But it ain't me, babe,
No, no, no, it ain't me, babe,
It ain't me you're lookin' for, babe….”
(But ain't me, babe)

Traducción libre:

Dices que andas buscando
alguien fuerte, nunca débil
que te proteja y defienda
tengas razón o no.

Alguien que te abra cada puerta
pero no soy yo, cariño
no soy a quien tu buscas, nena…”

lunes, 7 de abril de 2008

Algo sobre la muerte…

Le conocí hace más de veinticinco años, en un viaje del Distrito Federal a la ciudad de Toluca. Mi compañero y amigo Alejandro me prestó el librito de tapas color turquesa en una edición de Joaquín Mortiz de 1980. En un viaje de una hora aproximadamente consumí las hojas llenas de poesía que hicieron brevísimo aquel recorrido.
Con una sola recomendación, la de los Amorosos, lo demás fue un viaje voluntario y azaroso por el relato poético de situaciones familiares y cotidianas expresadas, sin embargo desde una intimidad conocida,por propia, pero confrontada en el momento de la lectura con la de un hombre sensible, sensual y conocedor de las veredas secretas del corazón y la relación directa con la emoción y la piel.

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan…

Jaime Sabines, hombre de su tiempo, de su pueblo, de los suyos, peatón de la vida, conectado a sus sentidos y habitante de un mundo que en las voces de sus poetas canta y llora por los motivos más terrenales y de igual modo los más sublimes.

En un aniversario más de su fallecimiento vaya esto como un recuerdo modesto a su memoria:


ALGO SOBRE LA MUERTE DE JAIME SABINES


Me leí en ti mejor

que en cualquier libro

llamé al amor con nombres cotidianos

sentí deseo

ternura y muerte

en tus palabras

unté en mi cuerpo tus versos

como ungüento

adelantas el paso en esta hora

y me dejas atrás

algo se quiebra en mí

como un espejo

la mirada se nubla

y mi tristeza

se derrama en letras.

Marzo 19 de 1999

(Ceniceros, Hadassa.)

También prefiero abril

Llega de nuevo abril, este año después de las abundantes y generosas lluvias los campos lucen colores verdes de diferente intensidad. Las flores no ocultan su belleza alrededor de las veredas y caminos para brindarnos las variadas bellezas de pétalos amarillos, morados o blancos.
De nuevo la vida cumple su promesa: vuelve a florecer. Atrás quedan las experiencias frías de diferente índole, la presencia cumplida y cabal de los nuevos ciclos alienta la tibieza de la esperanza que anima a sonreír y hasta soñar.
Salir y mirar los campos con tierra húmeda y en algunos sitios escuchar el murmullo de arroyos que serpentean bajando por las cañadas hace que desaparezcan incoloros los juegos sucios de las realidades políticas del mundo.
La mirada iluminada entre verdes y azules lleva el pensamiento hacia la familia, y los seres amados. Todo se vuelve simple como el campo que nada más recibe un poco de alimento y paga con frutos y belleza.
¿Qué es lo importante? La salud, tranquilidad y una buena dosis de alegría salpicada con inteligencia ahí donde más se necesita.
Los poetas han cantado a abril, mes que encierra belleza, promesa y esperanza. Tiempo para algunos de regalos como los hijos, de cumpleaños de amigos y familiares, de aniversarios y también de despedidas tristes y dolorosas.
Llega pues abril y por hoy hago abstracción de las imprecisiones de Hillary Clinton, del lío penoso de las elecciones del PRD, del abuso de los medios hacia los temas de la oposición, de las frivolidades de quienes debieran representar lo mejor de los hombres del país. Cierro los ojos ante un “hombre embarazado” y me recreo un instante en las palabras de otros y de paso sumo las propias.

A todos: Feliz Abril.

de Silvio Rodríguez (Como esperando abril)

...Mucho más
allá de mi ventana
algodones jugaban
a ser un jardín
en espera de abril.
Mucho más
allá de mi ventana
mi esperanza jugaba
a una flor,
a un jardín,
como esperando abril…

de Antonio Machado (Abril Florecía)

…Entre los jazmines
y las rosas blancas
del balcón florido,
me miré en la clara
luna del espejo
que lejos soñaba...
Abril florecía
frente a mi ventana.

de Juan Ramón Jiménez (primavera)

...Abril, sin tu asistencia clara, fuera
invierno de caídos esplendores;
mas aunque abril no te abra a ti sus flores,
tú siempre exaltarás la primavera.

de Silvio Rodríguez (El día feliz que está llegando)

Se está arrimando un día feliz
como hace un barco tras los meses
se esta acercando un día de abril
un día de abril se va a arrimar
a los finales de noviembre

También prefiero abril

Las mañanas de abril son un regala
su llegada despliega generosa
la vida en haces de oro
la esperanza perdida en el invierno
se congrega impetuosa en estos días.
Algo como un ungüento perfumado
de amaneceres limpios
se acomoda en mi frente
y entre besos soñados y tus brazos
de la sola memoria acompañada
reinvento día a día
mi canción.

de Hadassa Ceniceros

¿Qué hacer?

publicado en prensa en marzo 27 por Hadassa Ceniceros


Hace algunas semanas leíamos con preocupación una columna local en donde quien escribía se expresaba con gran pesimismo en una especie de retrospección en tercera persona para luego dar algunas respuestas ante este estado de ánimo.

De distinta manera y con recursos intelectuales diferentes y variados, los estudiosos de los fenómenos sociales y sus relaciones con el entorno se repiten a sí mismos con los análisis, a veces históricos, y en otras ocasiones simplemente comparativos de realidades semejantes en otros momentos o en otras latitudes del mundo. Todo para llegar a las obvias conclusiones de que la superficialidad, la apariencia, la fachada del mundo que enfrentamos no resiste la mirada aguda, profunda y documentada de sus mejores intelectuales.

La modalidad de medir opiniones y tendencias y en base a esas mediciones proyectar resultados y escenarios reducen los acontecimientos de trascendencia a pantallas diminutas de juegos portátiles de video. La realidad que representa la penetración de propuestas y proyectos en la mente del potencial votante y la decisión que en base a sus propias valoraciones realice, se expresan en sondeos y encuestas con muestras consideradas como representativas por las explicaciones y razones técnicas que los especialistas puedan darnos. Sin embargo en el uso de la herramienta se pierde el dato humano que significa salir a concretar en la acción una decisión y una definición política.

Desde cualquier gabinete de especialistas con los nombres de dos o más candidatos y con el programa de computación diseñado para ese propósito se pueden hacer prospecciones que con los márgenes de error naturales brinden aproximaciones aceptables.

Luego vienen las excepciones, y el fenómeno que en la realidad encuentra variantes viene a ser explicado a “toro pasado” con el análisis posterior de lo que pudo haber ocurrido para que los resultados hayan sido otros.

En ocasiones y sin caer en fatales pesimismos, la reiteración desmedida de algunos temas provoca un cansancio y un aburrimiento que no proviene de una realidad de iguales características sino del manejo cansino de los comentarios.

Ahora resulta que todos saben con ligeras diferencias qué tipo de izquierda necesita el país, luego vienen las preguntas: si al haber participado de acuerdo a las leyes electorales y a las reglas del juego se les calificó como un peligro para el país, ¿en qué momento puede ser rescatado el concepto de izquierda que se consideraría “bueno?

Total, que mientras el tema se agota y en espera de que un nuevo acontecimiento rebase al escándalo actual me detengo a reacomodar en el cajón menos visitado del armario familiar, a ver de nuevo las fotos de finales de los cincuenta cuando no cabía en nuestra emoción de niños el gusto de venir a vivir cerca del mar.

Era verano, la novedad de un cambio de casa hacia que apenas clareara el día estuviéramos de pie para salir corriendo a comprobar que a corta distancia el mar seguía ahí.

El Sauzal nos brindaba el aroma salado de la brisa matutina y las calles amplias, arenosas algunas, con sus cercos de postes y alambres de púas marcaban un paisaje nuevo, amplio y claro. Caminar a la tienda de Ramón, El Chino, o a la de Don Vicente Aguilar eran tareas que deseábamos hacer para conocer las calles de nuestro nuevo vecindario. El poblado, sus habitantes y los personajes pintorescos, que otros niños nos fueron presentando, iban llenando poco a poco el capítulo de nuestra nueva historia familiar.

Ir a Ensenada representaba una salida de por lo menos tres horas. Después de abordar el camión a la orilla de la carretera recorría el camino hasta el barrio de Manchuria para luego regresar lentamente rumbo a Ensenada. Pasaba media hora o más después de haberlo abordado en las primeras calles y todavía no salíamos del poblado. No había prisa, se sabía el tiempo que tomaría un mandado al mercado, al doctor o a alguna oficina. De regreso, era fácil identificar el sonido del motor del camión y permitía que saliera uno a recibir a quien venía con algún paquete o bolsa pesados y corríamos a ayudar.

Eran otros tiempos, así se dice. Aunque niños había buena memoria, las enfermedades graves eran pocas, el colesterol no se había inventado, no conocíamos la palabra estrés, los alcohólicos eran solamente borrachos, las toallas sanitarias se deletreaban letra por letra para que los chicos no las entendiéramos y en la tienda las envolvían en papel para que la caja azul no se notara, un peso de pan eran cinco piezas, comer comida china era un evento especial y las personas mayores se llamaban Tránsito, Librada, Expectación o Tula y la mayoría de los personas tenían algún mote.

Esperaré un poco más, tal vez mañana lleguen otros temas.

          Si en este mismo instante yo muriera

          estaría dispuesta

          preparada

          no conservo cajitas con secretos

          ni joyas de inquietante procedencia

          no hay cartas amarillas

          ni pañuelos con letras

          abrazadas en la esquina

          no requiero lavar ningún aroma

          mi piel no huele a amores o deseos

          los rostros que recuerdo están sin nombre

          no guardo talismanes

          ni cabellos

          todo está en su lugar

          nada hay oculto

          no atesoré amuletos contra olvidos.

          (Ceniceros, Hadassa)

Mucho ayuda el que no estorba

publicado en prensa en marzo 21 por Hadassa Ceniceros

En acciones que manifiestan un gran menosprecio por los ciudadanos las televisoras y noticieros nacionales han dedicado tiempos valiosos en dar los pormenores de las elecciones internas del Partido de la Revolución Democrática. Con celo digno de mejoras causas puntualizan todas y cada una de las irregularidades señaladas por los simpatizantes de uno y de otro candidato de esta contienda.

El menosprecio radica en la evidente intención de contribuir al desprestigio de lo que representa un instituto político de oposición. La verdad que como ciudadanos no se necesitan mucho para entender y reconocer que los vicios que se señalan entre sí son ciertos y que los matices que se detectaron en diferentes entidades obedecen a factores variados de la misma intención: ganar a como dé lugar.

Ayudaría que a la par de la nota de escándalo entre comillado se aportara algo más de la historia del partido del sol azteca y los grupos que lo integran para darle sentido a la información.

Se podría mencionar que lo que representa uno y otro candidato es la antigua concepción de la izquierda mexicana y que traducido a expresiones atenuadas llegaron al Frente Democrático alrededor de Cuauhtémoc Cárdenas en lo que quiso ser la unión histórica de todas las expresiones afines. Por una parte los miembros del Partido Socialista Unificado de México (antes Partido Comunista Mexicano) y por otro el Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional (antes Partido Socialista de los Trabajadores).

La confrontación entre quienes pretendían líneas más ortodoxas, más ajustadas a la clásica definición de izquierda y la interpretación “libre” de quienes en una justificación de los que representaban el llamado Nacionalismo Revolucionario se esforzaban por encontrar expresiones progresistas en grupos y personajes que favorecieran políticas de beneficio social.

La mayoría de los dirigentes provenientes del PFCRN llegaron con experiencia legislativa y manejo eficiente de los asuntos electorales. Los ex miembros del PSUM contribuyeron con las mismas características.

Sin embargo las diferencias de origen se han mantenido latentes.

El momento nacional actual ha agudizado en los últimos años la pugna conceptual de los grupos que ahora representan los dos contendientes por la dirigencia del PRD.

Las ausencias, los huecos y las fracturas se dan ahí donde no ha habido quien exprese en términos reales y fundamentados lo que representa cada uno de los grupos y las corrientes que lo integran.

Hace tiempo los partidos políticos todos, renunciaron a la formación y el conocimiento de los valores que los rigen, de la fundamentación ideológica y de los principios rectores. La vida política de los organismos partidistas ha quedado en manos de publicistas, mercadólogos, directores de imagen, medidores de opinión y recolectores de campañas de “impacto” en diferentes partes del mundo con sus frases felices.

Que el asunto de las elecciones del partido de izquierda ha sido una muestra de muchos de los vicios que se critican y se han hecho presentes en las elecciones generales, es cierto. Que quienes somos meros observadores de este proceso lo entendemos así, también. Que en general los ciudadanos tienen su opinión respecto a los acontecimientos, no hay duda.

Mucho habría ayudado a desentrañar el conflicto postelectoral del 2006 que los medios, ahora tan puntuales y generosos con la información, nos hubieran brindado los pormenores de todas las situaciones de duda y conflicto y las argumentaciones que en cada caso se aportaron.

Al final a pesar de la inconformidad de quienes no lograron el triunfo habría quedado a menos la certeza de entender la manera en que el proceso se desarrolló.

La duda de entonces no fue en ninguna manera producto de necedad ni fanatismo. La duda que acompañará ese evento tiene mucho qué ver con la desinformación y el sesgo con el que se guardaron algunos datos y se exhibieron otros.

“Hágase pues la justicia en los bueyes de mi compadre”

¡Feliz primavera a todos!

Si sobrevives, si persistes, canta, sueña, emborráchate.
Es el tiempo del frío: ama, apresúrate.
El viento de las horas barre las calles, los caminos.
Los árboles esperan: tú, no esperes.
éste es el tiempo de vivir, el único.

Jaime Sabines.